Si quieres puedes guardar tu vida, puedes... al menos hasta que mueras.
La muerte y el temor de la muerte son enemigos de la humanidad. Nadie escapa. Nadie se libra aunque esté dispuesto a pagar con todo el oro del mundo. Rico, pobre, negro, blanco, hombre o mujer, todos participan. A lo largo de la historia humana, tribus, pueblos y naciones han tratado de formas muy similares con la muerte y el temor de la muerte. En muchas culturas antiguas, se hicieron sacrificios de animales e incluso humanos para agradar o apaciguar a sus dioses. Temían que una desgracia o tragedia les viniese encima. El temor y la culpa les hacían sentir la necesidad de hacer sacrificios. El miedo a sufrir una tragedia o a que algún ser amado la protagonizase, así como la culpa por sus propios pecados, son las razones por las que buscarían el sentirse unidos a cualquiera que fuese el dios que adoraran.
El hombre conoce su necesidad de alcanzar al ser divino que le creó porque siente que sus obras le han separado de su Creador. También sabe que merece la muerte por haber hecho cosas que hirieron y perjudicaron a otras personas y a sí mismo. No obstante, en su corazón abriga la esperanza de ser sustituido por un sacrificio, recibiendo este otro ser lo que el hombre se merece: la muerte. Es incontable la cantidad de animales que han sido sacrificados con el propósito de intentar llenar el vacío entre Dios y el hombre.
La realidad de la muerte que enfrenta a cada hombre debería afligirle y provocar en él el anhelo por liberarse de ella. Por esto, el Dios de Israel mandó a los israelitas sacrificar animales. Cada vez que un israelita sacrificaba un animal inocente, se le recordaban las consecuencias de estar apartado de su Creador y el precio del perdón. El resultado del pecado era la muerte. Israel debía ser un pueblo absolutamente consciente de que merecían la muerte en lugar de aquel cordero. Con su ejemplo, el mundo entero hubiera llegado a conocer el camino de salida de la muerte.
Una vez al año cada hombre sacrificaba un cordero joven. La condición era que debía ser el mejor de su rebaño, sin defectos, sin mancha, el que más dinero valiese, aquel cordero cuya pérdida doliese más a su dueño. Llegada la Pascua, un israelita con devoción a su Dios elegiría el mejor borreguito de su rebaño o compraría el mejor que encontrase para llevarlo a Jerusalén. Le metería en su casa para apiadarse y compadecerse de él y, si este hombre era sensible, antes de hacer el sacrificio, en su corazón sentiría verdadera afección por el animal.
Al presentar el cordero a los sacerdotes en Jerusalén, el hombre ponía sus manos sobre la cabeza del cordero y confesaba cada uno de los pecados que pesasen sobre su conciencia. Entonces el sacerdote le miraba a los ojos fijamente y le recordaba quién merecía morir verdaderamente. A continuación se degollaba al animal, cuya sangre salía a borbotones con el rápido latir del corazón. Si el hombre había sido sincero de corazón y fiel a su conciencia, volvería a su casa perdonado. Una vida entregada a cambio de otra vida para vivir. La vida del cordero por la del hombre; la sangre del cordero era entregada como sustituto por la del hombre.
Israel contaba con la más amplia legislación gubernamental y el más completo código social escrito e instituido por un pueblo. Tenían leyes y estatutos que gobernaban cualquier situación concebible en la vida de un ser humano y cada circunstancia que pudiera darse. Pero incluso con un gobierno y una constitución como éstos, ni siquiera el hombre más devoto podía guardar la ley totalmente, pues el pecado surge del interior del hombre. Todo hombre honesto sabe que se queda corto en el cumplimiento de este estándar de la ley perfecta. Por más que lo intentasen, los hombres siempre se quedaron cortos en algún área de sus vidas.
El cordero sacrificatorio era la provisión de Dios por los pecados de su pueblo hasta que sus corazones estuviesen preparados para recibir el sacrificio del Cordero de Dios. Desde el principio se mantuvo la promesa de que más tarde en la historia, cuando los hombres finalmente comprendiesen, Dios mismo pagaría el precio por el pecado. Esta promesa era las buenas nuevas que podían hacer libre a la humanidad. Los profetas de Israel hablaron de Uno que vendría a liberarles totalmente, un libertador que les rescataría de la muerte. De alguna manera, para los que podían discernir, era necesario algo más que el derramamiento de la sangre de un cordero. Año tras año, los sacrificios de corderos no sanaron de raíz el problema del hombre. Un sacrificio mucho mayor era necesario para llegar a la raíz del fracaso del hombre y de su pecado.
Mi sangre, si yo tuviese que morir por ti, y tu sangre, si tú fueses a morir por mí, no tendría poder para perdonar nuestros pecados. En realidad mucha gente no cree que sus pecados necesiten ser perdonados. Piensan que es suficiente con intentar mejorar ellos mismos e intentar hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Este es también un intento vano de cultivar la ya maldita tierra de la humanidad caída. La sangre de un animal nunca pudo ser el verdadero sustituto por los pecados de un hombre. Tiene que ser la vida de un hombre por la de otro hombre para que la sustitución sea verdaderamente justa. Pues la sangre de un hombre cuya conciencia está manchada de culpabilidad no puede ser sustituta por los pecados de otro hombre cuya conciencia está también manchada con culpabilidad, ya que todos los hombres nacen con sangre corrupta.
Lo que hacía falta era la encarnación. Es decir, la unión de la divinidad con la humanidad. Esto solo fue posible en Yahshua, El Ungido. Él tomó forma humana, carne y sangre, creció en el vientre de su madre hasta el día de su nacimiento. Un hombre hereda la sangre de la simiente de su padre, por eso todo hombre es corrupto y esa corrupción pasa de generación en generación. Pero Yahshua no fue engendrado por un hombre. El Espíritu Santo emplazó la simiente de Dios en el vientre de su madre y de esta forma Yahshua fue concebido. Por lo tanto, no tenía sangre corrompida como los demás hombres. Él era puro.
El Hijo de Dios se hizo ser humano, la divinidad se hizo humana en la más grande historia de amor de toda la historia humana. Dios amó al mundo de tal manera que entregó a su Único Hijo para que cualquiera que crea en Él no perezca, sino que reciba vida eterna. Nuestro Padre celestial ofreció a su Único Hijo como sacrificio por nosotros.
Yahshua podía haber fracasado. Podía haber desobedecido como ocurrió con el primer hombre cuando cayó. Él no tenía la sangre del hombre corrupto en sus venas, como la tenemos tú y yo. Sin embargo, tenía sangre humana. Se hizo ser humano. Sufrió y venció por ti y por mí como un ser humano. No venció el pecado y la tentación a través de un poder cósmico y sobrehumano. No caminaba por ahí con un halo en la cabeza y una expresión mística y sobrenatural en su cara como a menudo se le ha retratado. No es el ser inalcanzable y místico con quien no puedes relacionarte. Él era un hombre cariñoso que amaba a los niños y los niños le amaban a Él. Fue tentado y venció cada uno de los pecados que acosan a la raza humana. Como persona tomó totalmente identidad contigo. Murió por cada pecado en ti sin tener en cuenta lo trivial o terrible que ese pecado parezca. Su sangre puede limpiarte de tus pecados si crees en su nombre. Si yo tuviera que morir por ti y dar mi sangre como sacrificio por tus pecados, no funcionaría; pero su sangre sí. Él es tu única esperanza. Ningún otro nombre puede salvarte. Él es la única esperanza. Él es Salvación. Su nombre significa Salvación. Su Salvación es el don gratuito de Dios para salvarte de tus pecados.
En una ocasión Él dijo a sus seguidores que para ser su discípulo tendrías que comer su cuerpo y beber su sangre (un gran número de personas se fueron a su casa tras escuchar semejante afirmación; tenían cosas mejores que hacer). De la misma manera, muchas tribus antiguas al hacer alianzas unos con otros entendían que la vida estaba en la sangre. Su vida para ti está en su sangre. En la muerte de Yahshua, Dios se comprometió por siempre a ser el Cordero que pagaría el precio por los pecados de todos los hombres de una vez por todas.
Si no pones tus manos sobre Él reconociéndole como tu sustituto y como el cordero sacrificado que murió en tu lugar y si no apoyas en Él tu personalidad entera con fe y confianza, no alcanzarás su sangre. Solo su sangre tiene el poder de limpiar tu sucia conciencia y perdonarte por toda la eternidad. De ninguna otra forma puedes entrar en esta nueva Alianza de sangre.
No puedes alcanzar su preciosa sangre a no ser que seas bautizado en su muerte en la cruz, donde Él derramó su sangre. Y no puedes arrepentirte a menos que sepas qué significa arrepentirse, y solo un verdadero enviado puede contarte cómo hacerlo. No puedes arrepentirte solo leyendo la Biblia o creyéndotela mentalmente o escuchando a un predicador por la TV. Debes contar el costo. Es vida por vida.
Debes abandonarlo todo. Tanto tus posesiones como tus ambiciones personales. Debes cortar con cualquier atadura terrenal, con tus parientes o antiguos amigos si tratan de impedirte que le sigas. Tienes que hacerte como un niño pequeño para ser rescatado. A menos que lo abandones todo, absolutamente todo, no puedes ser su discípulo. Debes dejar tu casa, tu granja, tu coche, tu trabajo, tu independencia, tu esposa, tus hijos, todo, incluso tu propia vida, pues todas estas cosas te impiden seguirle con todo el corazón. Si lo haces encontrarás vida. Vida verdadera, vida eterna. Alcanzarás la sangre que puede limpiarte y hacerte una persona nueva. Su vida vivirá en tu vida. Su Espíritu con tu espíritu. Después de escuchar noticias tan buenas de amor y perdón, ¿qué otra respuesta puede dar un hombre más que entregar su vida en apreciación y agradecimiento por este sacrificio? Ya no desearás seguir viviendo para ti mismo, sino para aquel que murió por ti y resucitó de entre los muertos para hacerte libre y darte vida.
Si amas tu vida, la perderás. Si quieres guardártela, puedes, al menos hasta que te mueras. Después de morir enfrentarás el juicio con toda la gente que vivió desde el principio. Si amas tu vida caída y solitaria, puedes guardártela. Pero si eres una de sus ovejitas y deseas una nueva vida y un nuevo mundo, entonces puedes dejar tu vida. Si lo haces encontrarás vida. Vida eterna. Te encontrarás junto a su pueblo, ahora, en una vida de unidad, lo que tú siempre deseaste.
